Aprendamos a “dar las Gracias”
Así que aprendamos a dar las
gracias, lo cual tiene que ver con dos aspectos: por un lado, la cortesía; por
otro lado, un aspecto moral que radica en una actitud de corazón, de estar
contentos con lo que se tiene, con sencillez de corazón, y reconociendo el
valor de cada cosa. Aspectos que ya señalé y que son muy importantes en la vida
familiar y en la vida del niño.
Que los niños sepan dar las
gracias cuando se les regala una paleta, es una virtud muy bonita que genera a
su vez más valores como el amor al prójimo, la humildad y el respeto. Y el día
de mañana no mostrarán su agradecimiento solo con palabras, sino también con
acciones.
Por ejemplo, si usted desarrolla
la Gratitud en su hijo, el día de mañana, no le dirá “gracias por pagar mi
colegiatura”, sino que va a traerle buenas calificaciones: “papá, te demuestro
mi por tu esfuerzo, con un 100 en Matemáticas”. O sea, quien está agradecido,
corresponde.
Decir “GRACIAS” es un buen gesto
de cortesía, pero ser agradecido nos lleva más allá de las palabras, nos lleva
a mostrar lo que hay en nuestro corazón, con acciones de amor.
La Gratitud también tiene un
aspecto espiritual. Es bueno que los niños estén conscientes de Dios y de que
hay un Padre en los cielos que les da todas las cosas. Es muy bueno que los
niños en la noche, acostumbren hacer oración con sus padres para dar gracias al
Padre celestial por todas las bondades que recibieron en el día.
Que sepan ser agradecidos con
Dios es un hábito buenísimo, porque ellos reconocen la labor de sus padres,
quienes fueron el medio que Dios usó para darles eso que ellos deseaban, para
suplirles la necesidad de ese día. Así empiezan a ver cómo sus padres se dan
por ellos, y entonces brota naturalmente una gratitud.
Y cuando ven que los papás
también agradecen al Creador que es de quien provienen todas las cosas buenas,
entonces ellos también empiezan a interactuar con ese Dios verdadero, empiezan
a ver el ejemplo de los padres, empiezan a entender que todo lo que les es dado
viene de Dios y empiezan a tener una actitud de agradecimiento.
Y no estoy hablando de dar clases
de religión; simplemente estamos exaltando una actividad familiar que es muy
saludable, y que claro, esto solo se va a dar si te ven a ti papá, que tú das
gracias a Dios por los alimentos, por el trabajo, por las cosas que Dios te ha
dado, que buscas a Dios de vez en cuando, o al estar en problemas, y solo te
acercas a pedirle un milagrito; sino que realmente tienes una relación con El,
diaria, de amor, obediencia y confianza en Dios y claro, que el día de mañana tu hijo diga: “Mi papá ora a Dios y Dios le
contesta. Yo quiero ser como papá, quiero que yo también hable con Dios y que
Él me conteste, yo quiero conocer a ese Dios que es real.”
La cultura del cuidado
Desarrollemos en familia la
“cultura del cuidado”, es decir, aprendamos a cuidar las cosas que tenemos en
casa; esto es parte de la Gratitud. En otras palabras, si te costó mucho algo
que no tenías y ahora lo tienes, pues cuídalo.
Cuántos niños hay que no cuidan
sus juguetes. Se les muere el perrito o el pececito por falta de cuidado, por
falta de atención, no lo alimentaban, y es que no veían tampoco que papá o mamá
cuidaban su casa; por ejemplo, la casa está en desorden, está tirada, el patio
sucio, nunca limpian las cosas, no lavan el auto…
Cuidar las cosas no es ser
materialista. Simplemente, si nunca había tenido un carro, y ahora lo tengo,
pues soy agradecido por tenerlo, y lo cuido. El carro me costó, o les costó a
mis padres, y mi manera de expresar esa gratitud, es cuidándolo.
Pero cuando los hijos no ven ese
ejemplo en sus padres, siguen ese camino: maltratan y descuidan a sus mascotas,
destruyen los juguetes, a sus monitos les rompen las manos, las piernas, porque
no los valoran realmente.
Cuántos adolescentes desperdician
cosas de mucho valor en casa: la comida, el papel higiénico, el agua, cosas que
cuestan bastante. La computadora nueva de papá, ya no sirve porque el muchacho
le descarga archivos y aplicaciones que ni son útiles ni sabe bien cómo
hacerlo. No aprecian ni valoran las cosas y no son agradecidos con las cosas
que se les dan porque no han aprendido a valorar.
Volvemos al punto: los hijos
deben ser instruidos en todo, es decir, deben ser enseñados. Que aprendan a
apreciar lo que tienen, que conozcan el valor de las cosas.
Hay que aprender a valorar todo:
sus objetos personales, los juguetes, la ropa, los cuadernos, su cuarto, su
casa, su mascota, todos los bienes que tienen, y cuánto más a las personas.
Cuánto más a esas personas tan valiosas y que tienen el privilegio de tenerlas
en casa. Que aprendan a valorar a sus
padres, a sus hermanos, a sus abuelos, a sus amigos, a sus vecinos, incluso a
sus maestros de la escuela. En otras palabras, que aprendan a valorar a las
personas con las cuales interactúan.
Una pregunta que se puede hacer a
los niños al final del día, en esos momentos de convivencia y reflexión
familiar, es ¿Qué hiciste hoy por tu hermano? ¿Qué hiciste en esta semana por
tu papá, por tu abuelo? ¿Cómo le demostraste tu gratitud y tu aprecio?
Apreciar es valorar. Las cosas se
aprecian porque se reconoce el gran valor que tienen; de igual modo se estima a
las personas porque son muy valiosas.
Vayamos a la raíz
La raíz de la Gratitud es la
humildad o la sencillez de corazón, la cual nos lleva a reconocer con madurez
el valor de lo que ahora tenemos y antes no teníamos -pues con nada llegamos al
mundo- y la raíz de la ingratitud, como ya lo expliqué, es el orgullo. La
persona ingrata es aquella que no está contenta con lo que tiene, o sea, es una
persona siempre insatisfecha, porque tiene muchas cosas, pero no las ve o le
resulta difícil reconocer el valor que tienen.
La persona insatisfecha no se da
cuenta de lo que posee, hasta que un tercero le hace recapacitar al respecto,
reconociendo el valor del objeto, de la circunstancia privilegiada, o de
determinada persona.
Por ejemplo, alguien puede no
apreciar su propia ropa, pero si alguien le dice: “¡qué bonita camisa! ¿Dónde
la compraste? Yo quisiera tener una como la tuya…” hasta entonces la persona
recapacita y se da cuenta de que su camisa tiene un valor, es algo apreciable,
valioso, le empieza a ver “lo bonito, lo bueno”, y ya no solo ve los defectos
de su camisa. Comienza a apreciarla y hasta la cuidará más. Es un ejemplo
sencillo, pero se aplica a cualquier objeto, circunstancia o persona que no se
haya llegado a apreciar como es debido.
Entonces, la ingratitud tiene que
ver con no valorar las cosas realmente. Por eso la importancia y el énfasis que
queremos dar en este tema: enseñemos a nuestra familia a VALORAR lo que
tenemos. Cuando las cosas no les cuestan, cuando no las valoran, las van a
desperdiciar, las van a maltratar, y lo mismo pasa cuando no se valora a las
personas.
La persona ingrata es la que no
valora, no estima lo que tiene y aun desprecia lo que recibe. Es una persona
que tiene una actitud de desprecio hacia las cosas porque no le han costado, no
ha batallado para obtenerlas, así que cuando alguien le da algo o se le dan,
pues luego lo ve como hasta un derecho y hasta lo ve como una obligación
realmente.
La ingratitud tiene que ver con
el orgullo, porque hace sentir que no necesitamos de nadie, que somos
autosuficientes, y hasta que merecemos más. Por ello es difícil recibir algo
con una buena actitud.
Ir a la raíz es algo bastante
doloroso, pero es muy importante hacerlo. Es necesario porque las cosas en
familia siempre se deben arreglar de raíz, y nosotros debemos aprender a
valorar todo lo que nos dan y enseñarlo a su vez en casa, a ser agradecidos con
lo que nos dan. Aprendamos a ser agradecidos, pues la gratitud es un valor
importantísimo.
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